“Mudbound”, el interminable racismo

Por Arturo Brum Zarco

mudbound-mb_06268-7_rgb-3000_wide-5a8ac0d65781cc64164c6603917696ee4b376c1c-s900-c85 Producida por Netflix, Mudbound, ambientada en los años 40 del siglo pasado, es una cinta sobre una familia blanca y una afroamericana que por distintas circunstancias convivirán y el racismo saldrá a relucir.

Cuando Ronsel Jackson (Jason Mitchell), un joven afroamericano, llega a Estados Unidos después de combatir en la Segunda Guerra Mundial, sus primeros pensamientos son, “me fui a pelear, a defender a mi país y regreso y todo sigue igual, para ellos sigo siendo un negro”.

Ronsel a pesar de que fue líder de su batallón y era el responsable de un tanque de guerra, en su natal Misisipí, no puede viajar en los lugares de enfrente de un camión, hay establecimientos donde no le permiten la entrada y aquellos que sí lo dejan entrar y comprar cosas lo obligan a salir por la puerta trasera.

Cuando Jamie McAllan (Garret Hedlund), un joven blanco, regresa a su país después de ser un piloto de guerra, no se encuentra cómodo en ningún lugar, se espanta fácilmente, tiene pesadillas y su único consuelo es la bebida.

Jamie se va a vivir con su familia, quienes tienen una granja en Misisipí; ahí vive su padre Pappy McAllan (Jonathan Banks), un hombre rudo, viejo y extremadamente racista, miembro de un grupo que se pone sombre blancos y puntiagudos. El dueño de la granja es su hermano Henry McAllan (Jason Clarke), quien está casado con Laura McAllan (Carey Mulligan) y tienen dos hijas.

Ronsel regresa con su familia, su padre Hap Jackson (Rob Morgan) y su madre Florence Jackson (Mary J. Blige), que trabajan en la granja de los McAllan.

Estos dos ex soldados que sufrieron y vieron la muerte de sus amigos en la Segunda Guerra Mundial, descubren que tienen muchas cosas en común y aunque en su pueblo una amistad entre un blanco y un negro parece que es un gran pecado, se vuelven grandes amigos; eso traerá consecuencias espantosas, como si nunca hubieran dejado la guerra.

De esto trata la cinta Mudbound, del director Dee Rees, y basada en la novela de Hillary Jordan; una historia que cuenta en paralelo la vida de una familia blanca y afroamericana; una es racistas y la otra tiene que soportar el odio de sus jefes. Como si la esclavitud no hubiera terminado, la cinta es un reflejo de la historia de los Estados Unidos, y no se puede comprender la historia de ese país sin entender el racismo.

La cinta nos muestra como los protagonistas van a una guerra y llegan a otra; una que lleva años, que está incrustada en las tierras fangosas de las granjas de Misisipi, que se llama racismo, esclavitud, odio, burla y maltrato a los afroamericanos; así, el escenario es un personaje más en esta obra; la granja está llena de fango y parece que los blancos o negros siempre están sucios; una metáfora de que somos lo mismo y nos ensuciamos igual. La estética y la fotografía de la cinta es la adecuada para un lugar que parece inhóspito.

Sutilmente habla del estrés postraumático de los soldados. De una manera agresiva nos enseña ese odio que sigue en los Estados Unidos, si bien está ambientada a finales de los años 40 del siglo pasado, parece más actual que nunca; actualmente la agresión de los policías blancos a la gente afroamericana sigue y sigue. El racismo no se ha ido y no imparta si el negro luchó por su país siempre es inferior.

Esta cinta, producción por Netflix, está nominada a cuatro Oscares, Mejor Actriz de Reparto para Mary J. Blige, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía y Mejor canción original (“Mighty River”).

Quizá la anécdota sea un poco larga y eso la haga tediosa; pero su tema es importante, la reflexión es necesaria. Una cinta con la paradoja de sus dos protagonistas, fueron a defender su país, para encontrar que la mayoría de ese país los odia.

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