Londres 2012: «El Hijo del Viento»

Por Daniel Flores

El atletismo norteamericano siempre ha estado plagado de estrellas sobre todo en la prueba reina de la velocidad, los 100 metros planos. Desde Berlín 1936 con Jesse Owens, atleta de color que obtuvo el triunfo en el hectómetro, aún bajo la mirada implacable de Hitler y su raza aria, hasta Maurice Green, monarca olímpico en Sydney 2000, y Justin Gatlin, triunfador en Atenas 2004.

Pero ninguno de estos velocistas ha podido compararse con el mito de un hombre que participó en cuatro ediciones de Juegos Olímpicos, desde Los Angeles 1984, pasando por Seúl 1988, Barcelona 1992, hasta Atlanta 1996. Carl Lewis conquistó en total más medallas que nadie, corrió más rápido que ningún otro y brincó más lejos que cualquiera, por eso hubo quien lo llamó «El Hijo del Viento».

Frederick Carlton Lewis nació un 1 de julio de 1961 en Birmingham, Alabama en el seno de una familia de atletas, su madre, Evelyn Lawler compitió en 1951 a nivel panamericano en carreras con vallas y su padre Bill Lewis era couch de atletismo en Willingboro, Nueva Jersey donde Carl se crió desde su niñez. A los 18 años calificó en salto largo a los Juegos de Moscú 1980 a los que finalmente no asistió por el boicot del bloque capitalista a dicho evento. En 1983 obtuvo su primer Campeonato del Mundo, tanto en 100 metros como en el brinco de longitud y en el relevo 4×100 metros.

Pero el gran «boom» de Lewis sobrevino en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984 donde se colgó cuatro preseas aúreas, en 100, 200, 4×100 y salto de longitud, hazaña solamente lograda por Owens 48 años antes. El mundo enloqueció ante la potencia del «Hijo del Viento» y desde entonces los ojos de los medios de comunicación se centraron en este gladiador de la pista.

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En 1987, cuando Carl Lewis era el monarca del hectómetro, sufrió el momento más amargo de su carrera. En los Campeonatos Mundiales de Roma, el imbatible americano mordió el polvo ante la velocidad del hasta entonces desconocido, Ben Johnson. Aunque en esa justa obtuvo el triunfo en salto de longitud y relevo 4×100, no logró aceptar la derrota ante el canadiense, aunque el futuro le tenía deparada una gran sorpresa.

Finalmente, llegaron los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, el mundo entero estaba pendiente de la prueba reina, ya que volvería a enfrentar a Lewis y Johnson, los egos de ambos no pudieron contenerse y se lanzaron duras criticas previo a la competencia. El 24 de septiembre todo estaba listo para el gran desafío. Por un lado, el canadiense con su salida explosiva, y por el otro, el americano con su cierre meteorico brindaron la carrera más rápida de todos los tiempos, aunque Carl logró un increíble 9.92 segundos, su acérrimo adversario ganó la competencia con un brutal 9.79. Nuevamente, el «Hijo del Viento» había caído ante Ben Johnson.

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Sin embargo, tres días después, el mundo del deporte se escandalizó al conocer que el canadiense se había dopado para ganar la prueba. La sombra obscureció la carrera deportiva de Ben Johnson, y el sol volvió a cubrir de luz a Lewis. Se le transfirió la medalla dorada y el récord mundial, además se dio tiempo para conquistar la prueba del brinco largo por segundos vez consecutiva en Juegos Olímpicos y logró una plata en los 200 metros.

Tres años después, el meteoro de Nueva Jersey, volvió a cimbrar al mundo del deporte, ahora durante los Campeonatos Mundiales de Tokyo 1991, donde se convirtió en el primer ser humano en bajar el crono de los 100 metros al umbral de las 80 centésimas. Impuso una nueva marca (9.86) imponiéndose a atletas como el inglés Linford Christie o el también yanqui, Deniss Mitchell. Luego, con el equipo de Estados Unidos impuso otro récord del globo en los 4×100 (37.50). Sin embargo fue derrotado en el salto de longitud por su compatriota Michael Powell.

Para Barcelona 92, la carrera de Lewis iba en picada, A sus 32 años, sólo clasificó a las finales de salto de longitud, donde logró el primer sitio, y en el relevo, donde también se adjudicó la aurea. Después sobrevino la natural debacle. Antaño, soberbio y de difícil trato con los medios, Carl se dio cuenta de que sus dones atléticos ya no eran los mismos. Tras un cambio radical en su personalidad, el otrora mega-estrella se volvió humilde, respetuoso y apacible. Todavía en 1994 logró otro récord mundial con la escuadra del 4×200.

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Aunque para Atlanta 96 intentó clasificar en los selectivos norteamericanos para competir en 100 y 200 metros, sólo obtuvo una plaza para participar en el salto de longitud. La gran mayoría de sus seguidores en el mundo entero le exigieron al Comité Olímpico Estadounidense, lo incluyera en el relevo 4×100 como homenaje a su brillante trayectoria. El organismo se negó y sólo permitió que tomara parte en la modalidad en la cual logró su boleto.

Para ese momento, Carl Lewis había acumulado un total de nueve medallas olímpicas, 8 de oro y una sola de plata, durante tres Juegos consecutivos había dominado el brinco largo, y se preparaba para la cita final.

El día de la competencia, el Estadio Olímpico de Atlanta se volcó a favor de Lewis, por ser local y porque era sabido que se despedía del magno evento. Se esperaba su última victoria, su último vuelo, su décima medalla, su cuarto título consecutivo en la prueba, y no le falló a nadie. Con lágrimas en los ojos, el atleta del siglo, y el más grande que ha participado en la justa veraniega, disfrutó la ovación final que le tributaron los aficionados. Después se retiró de la actividad deportiva tras conocer la gloria y la derrota, la vanidad y la humildad, la trascendencia y la excelcitud, y entonces supo que podría autonombrarse como el «Hijo del Viento».

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