“Hombres al agua”, de la depresión a lo estético

Por Arturo Brum Zarco

Hombres al agua es una divertida comedia francesa sobre unos hombres, la mayoría mayores de 50 años de edad, que comparten un sentimiento de derrota y que deciden practicar nado sincronizado; una forma para encontrar belleza y paz en sus depresivas vidas.

Lo hermoso del nado sincronizado es que es un deporte estético, sin más, es un bello baile en el agua, en donde cada miembro del equipo realiza la coreografía con una coordinación casi perfecta. Es decir, es un agradable espectáculo para la vista.

Y para llegar a practicarlo se necesita disciplina, pasión y camaradería. Pensar que unos hombres mayores de 50 años, físicamente inactivos, socialmente rechazados y laboralmente derrotados realicen dicho deporte, parecería algo cómico (y quizá lo es), y para muchas personas un acto contra la hombría (lo cual es absurdo).

De eso trata la cinta francesa Hombres al agua (Le grand bain) una divertida comedia coral, que muestra con un fino humor negro que ante las adversidades o la depresión, encontrar a amigos que no juzguen sino sólo compartan un pequeño momento juntos, puede ser más sano que costosas terapias.

Bajo la dirección de Gilles Lellouche, y con un gran elenco, el filme aborda la importancia de la amistad, de encontrar un propósito en la vida, de la sana búsqueda del éxito, de la aceptación de la derrota, y que la hombría es sólo un concepto banal, ¿por qué no aplaudir el esfuerzo de unos hombres calvos, con sobrepeso que buscan realizar un acto estético?

De esa forma, Hombres al agua nos cuenta la historia de Bertrand (Mathieu Amalric), un hombre que lleva dos años sin trabajar, toma pastillas contra la depresión, no logra tener relaciones sexuales con su esposa y es la burla de su cuñada y el esposo de esta.Pero un día encuentra una invitación para formar parte de un equipo de hombres de nado sincronizado y decide inscribirse. Ahí conoce a gente que como él se sienten derrotados por la vida.

Como Laurent (Guillaume Canet), quien tiene un mal temperamento, su hijo es tartamudo y su esposa se divorcia de él; Marcus (Benoit Poelvoorde) un empresario que vende tinas y que se encuentra en la quiebra; Simon (Jean- Hugues Anglade), un músico fracasado, que trabaja como cocinero en un escuela, donde estudia su hija, quien constantemente lo rechaza. Entre otras personas que comparten un sentimiento de fracaso.

A ellos se les une sus dos entrenadoras, dos jóvenes mujeres que han recibido duros golpes de la vida; Amanda (Leila Bekhti), una exigente instructora que está en silla de ruedas, y Delphine (Virgine Efira), una reconocida nadadora, que perdió su fama por alcohólica y que está obsesionada por el amor de un hombre que no le hace caso.

Por lo que pueden leer cada historia bien podría ser un gran drama; al respecto, la película no esconde las penurias de cada personaje, al contrario las resalta y lo hace de una forma cínica e irrisoria, pero no sentimos pena por ellos, sino empatía y eso se logra por la buena dirección, la agradables actuaciones (repito es un gran reparto) y el brillante ritmo que tiene la cinta.

El filme abordará la vida de todos los personajes y a cada uno le dará el tiempo necesario para comprenderlo; en ese sentido es una divertida amalgama de anécdotas, tristes pero sinceras.

Tanto los hombres como las entrenadoras, encontrarán en el nado sincronizado un propósito, una meta, amigos, y que a veces las calamidades desaparecen si se comparten, sobre todo bailando en el agua.

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