¿Y qué había antes de “La teoría del Big-Bang”?

Tuvieron que pasar 14 billones de años y seis meses para la conclusión de “The big bang theory”, una de las series televisivas más influyentes del presente siglo. Su importancia estriba no sólo en la dinámica comedia y los originales personajes presentados a lo largo de 12 temporadas, también, a que tornaron una forma de conducta un tanto marginada en un modo “cool”. Así, los llamados “nerds”, “geeks”, “frikies” y todas las tribus urbanas derivadas de la fascinación por la cultura pop, encontraron en los protagonistas de esta “teoría”, roles que se acercaban más a sus estándares, incluso físicos, alejados de emisiones como “Friends” o “Beverly Hills 90210”.

De pronto, coleccionar cómics, ser un erudito en “Star Wars”, nombrarse gamer, participar en juegos de rol o asistir a convenciones sobre fantasía y ciencia ficción, se pusieron de moda, debido a las tendencias provocadas por “The big bang theory”, que por lo menos, durante sus primeras cinco temporadas, sacó de la oscuridad a todos esos chavitos (y chavorucos) que siempre habían vivido en las sombras de la sociedad o sufrían bullying.

Pero “Leonard Hofstadter” (Johnny Galecki), “Sheldon Cooper” (Jim Parsons), “Howard Wolowitz” (Simon Helberg), “Raj Koothrappali” (Kunal Nayyar), “Bernadette Rostenkowski” (Melissa Rauch) y “Amy Farrah Fowler” (Mayim Bialik) anunciaron al mundo que no es necesario ser un galán o estar buenota para alcanzar los sueños más ñoños jamás pensados, incluso, el seducir a la chica más linda del edificio, “Penny” (Kaley Cuoco), se volvió un reto cumplido para estos genios, primero incomprendidos, luego, vitoreados.

Sin embargo, no son los primeros “cerebritos” en conquistar la pantalla chica. En los ochenta, emisiones como “Los chicos computarizados”, “Científicos rebeldes” o “Automan”, intentaron acercarse a ese estrato, nacido de fenómenos como “La Guerra de las Galaxias” o “Star Trek”, pero, a decir verdad, en esa época, la de una naciente “Generación X” y una adulta “Generación Baby boomer”, no existía el interés por nada que no fuera el entretenimiento estándar ofrecido por la TV abierta y comercial.

Quizá, “Los chicos computarizados” (“The Wiz Kids”, 1983-1984), generó cierto atractivo a la audiencia joven, capturando el concepto de las PC’s de Apple, con aquel emblemático comercial del 84, el cual causó furor, ya que en sólo 60 segundos, criticaba a un vetusto capitalismo, en pos de un consumismo moderno (a la postre, más voraz y artificial), que requería de la tecnología para sobrevivir.

Así, creada por Philip DeGuere Jr. (encargado también de revivir “Twilight Zone” en los ochenta), esta emisión gustó durante sólo una temporada de 18 capítulos, en torno a un grupo de adolescentes que eran, a la vez, hackers y detectives aficionados, quienes se auxiliaban de computadoras nada portátiles para resolver casos simplones.

La idea era aprovechar el auge por abrir este mercado y de interesar a la juventud en carreras afines a la cibernética y al uso de nuevas tecnologías. De aquel elenco sobresalían Matthew Labyorteaux, como “Richie”, el “nerd” más “nerd” de todos los tiempos, y su amor platónico, “Alice” (Andrea Elson), la típica belleza buena onda, pero lejana para los sueños húmedos de los “cuatrojos”.

Por aquellos años, se estrenó “Automan” (1983), otro programa que intentaba atraer al público hacia los tópicos computarizados, que filmes como “Tron” (1982) también pusieron en boga. Si bien la emisión lucía “medio fumada”, varias décadas después se puede apreciar mejor su aporte al intento de hacer comercial la tecnología.

Con una mezcla de sci-fi, aventuras detectivescas y acción, “Automan” (Chuck Wagner) era una especie de Inteligencia Artificial, creada por “Walter Nebicher” (Desi Arnaz Jr.), un experto computacional, quien al ser la burla del departamento de policía donde labora, crea un programa que origina a este hombre perfecto, de rostro sajón y cuerpo de luchador, sólo que ¿eléctrico?, y peor aún, ¿de un azul chillante eléctrico? Pues sí. Gracias a esta combinación de elementos, “Automan” podía materializarse, y de paso, traer de la nada su propio auto eléctrico (y no me refiero a los actuales eco-vehículos). La única temporada duró sólo 13 episodios, creada por el genio de la TV, Glen A. Larson.

A mediados de los ochenta, otra serie intentó conjuntar la comedia con la ciencia, así, en 1985, llegó a la TV, “Los científicos rebeldes” (“Misfits of science”), sobre dos alocados expertos en genética y otros menesteres, “Billy Hayes” (Dean Paul Martin) y “Elvin ‘El’ Lincoln” (Kevin Peter Hall), que integraban un equipo de súper-dotados, entre los que se incluía un rockero, “John ‘Johnny B’ Bukowski” (Mark Thomas Miller), poseedor de extraños poderes eléctricos, y una telequinética, “Gloria Dinallo”, (Courteney Cox), además del propio, “El”, quien podía reducirse de tamaño.

Demasiado bobalicones (aunque a un servidor le fascinaba el show), estos inadaptados resolvían extravagantes casos donde sus poderes fueran necesarios, viajando de lado a lado a bordo de un camión de helados. Su intro, desenfadado para la época, y su soundtrack, que mezclaba rock-electrónico con pop, no gustaron a la audiencia, pero aportaron su grano de arena al recambio generacional en la forma de hacer TV.

Y así pasaron las décadas, hasta que los creativos, Chuck Lorre y Bill Prady, imaginaron a este grupo de científicos, amantes de “El Señor de los Anillos” y la Comic-Con, desafiando los parámetros establecidos para ofrecer al público un nuevo producto, desenterrando una audiencia que siempre estuvo ahí en espera de ser vista, escuchada y reflejada en esta teoría, a punto de decir adiós.

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