Castrante y Mocha

Por: Sofía Martínez Corvera

En homenaje, por supuesto, a Toñito y a uno de sus vets, Jesús Mancilla, que como dice mi hija Tam, se la rifó para salvarle la vida.

«¡Ay no, no, qué feo!», me contestó Fede, mi hijo, cuando se enteró que a Pulque, nuestro perro, lo habían castrado. «¡Cálmate!», le contesté, «si no fue a ti». ¿Seré muy castrante? Perro que adopto, lo esterilizo, la mayoría de hombrecitos que se enteran de mi política ponen la misma cara de dolor que Fede.

Cuando operé a Lily, jamás me me dolió la matriz, ni mucho menos a mis amigas cuando les conté. Con esa misma suerte corrió Toñito, mi nuevo perro, a las pocas horas que él, como dice su veterinario de Tenancigo, me adoptó, ya lo estaban operando. Se me olvidó que Antonio Guadalupe, ese es su nombre completo, era de rancho y traía otras mañas: muy hábil, pese al collar de la vergüenza, para quitarse puntos, lamerse, rascarse… la herida.

Entró y salió del hospital en varias ocasiones, la última lo interné, con los que ya no tenía, morados, casi del tamaño de unas manzanas. Desafió todos los obstáculos para rascarse, incluso, le hicieron un collar especial de la vergüenza, con una cubeta muy rígida, ni así logramos que se dejara en paz la herida. Hasta el escroto le extirparon: «no te preocupe, ya ni le servía», enfatizó el doctor, ante mi cara de infarto.

Pese a tanta operación y transfusiones sanguíneas jamás se rindió, ni con la herida, ni con la vida… Toñito llegó a descolocarme, juré que no quería otro perro, y ya es mi otra sombra, tengo tres: la mía de mí, una llamada Lily y, ahora, también la de Toño… Meditamos juntos. Nunca lo creí, pero mi agnosticismo, también, se vio comprometido: ya no sabía ni qué hacer para que Toño se curara, así que en una de mis caminatas mañaneras al pueblo de San Antonio Guadalupe, de donde es oriundo Toño, entré a la iglesia del Cristo de las Greñitas, no me linchen, así le dice mi hermano, porque el Cristo, en lugar de pelo, parece, que trae peluquín y desgreñado, tipo la Trevi en su época de rebeldía.

Ante el asombro y las risitas disimuladas de mi hijo Fede, le hablé en plan serio: «Cristo de las Greñitas, Toñito es de aquí, ya estuvo bueno… te lo encargo a ti y a toda tu corte celestial… ¡No nos falles!».

Así me convertí, no sólo en castrante, sino también mocha del Cristo de las Greñitas… Con todo y mi agnosticismo, Diosito, mejor, ya llévame, ¡ay no! ¿Quién cuidaría a Toño?, el pobre ha visitado más veterinarios que parques.

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